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CISOs: cómo contrarrestar el mayor budget de los hackers

Las cifras del cibercrimen global abruman: se proyecta que en 2025 los ataques informáticos costarán al mundo USD 10,5 billones al año según Secure Works. Si esa ‘economía hacker’ fuese un país, sería la tercera mayor del mundo. En contraste, el gasto corporativo en ciberseguridad es muchísimo menor – alrededor de USD 212 mil millones a nivel mundial en 2025– evidenciando la brecha de recursos entre atacantes y defensores. América Latina enfrenta este desafío de forma aguda: mientras los grupos criminales organizados reinvierten sus ganancias multimillonarias en herramientas y tiempo para perfeccionar ataques, los Chief Information Security Officers (CISOs) de la región deben proteger a sus empresas con presupuestos limitados y justificados ante juntas directivas. Esta asimetría deja a las compañías latinoamericanas en una posición vulnerable, obligándolas a ser más ingeniosas y colaborativas para cerrar la brecha. 

Como resume un CISO latinoamericano, ‘Lo que más me desvela son las amenazas de ciberseguridad que tienen más presupuesto y tiempo que los CISOs para generar ataques efectivos. La forma de combatirlas es estar siempre alertas, en movimiento, y por eso es clave nuestra red de CISOs, donde compartimos en tiempo real lo que nos va pasando’. En otras palabras, los defensores no pueden ganar solo gastando dinero – deben maximizar el valor de cada dólar invertido, cooperar entre sí y moverse con la rapidez del adversario.

Impacto en Latinoamérica vs. el mundo

Latinoamérica históricamente ha invertido menos en ciberseguridad que regiones como Norteamérica o Europa, pero las amenazas no hacen esa distinción geográfica. Un estudio reciente de Kaspersky mostró que en 2024 el presupuesto anual promedio de TI para las grandes empresas latinoamericanas fue de apenas USD 6,5 millones, de los cuales solo USD 817 mil se destinaron a ciberseguridad. Esto equivale a cerca del 12% del gasto en TI, cifra por debajo de recomendaciones globales (15% o más). En contraste, las pérdidas por incidentes son desproporcionadas: ese mismo año, las grandes compañías de la región sufrieron en promedio 12 incidentes y debieron gastar USD 1,8 millones para recuperarse​. 

Dicho de otro modo, ¡el costo anual de los ataques superó más del doble a todo su presupuesto de seguridad! 

Las empresas latinoamericanas viven así una paradoja presupuestaria: destinar menos de un millón de dólares para protección, pero asumir pérdidas millonarias en remediación. Incluso las pequeñas y medianas empresas (PyMEs) encaran esta realidad: un informe de Kaspersky reveló que el costo de recuperarse de un ciberataque puede llegar a ser 1,5 veces superior al presupuesto de TI anual de una PyME promedio​, lo que supone un duro golpe financiero. 

A nivel global, 25% de las empresas reconocen que en los últimos tres años sufrieron ataques que les costaron al menos USD 1 millón cada uno​, algo impensable para muchos balances en Latinoamérica. Además, el ecosistema criminal se robustece con cada ‘éxito’: solo en 2024 los grupos de ransomware recibieron USD 813 millones en pagos de extorsión a nivel mundial​ – capital que reinvierten en nuevas técnicas de ataque, compra de exploits y reclutamiento de talento ilegal. En suma, los CISOs de la región compiten contra un enemigo con bolsillos profundos y dedicación exclusiva, mientras ellos deben optimizar recursos y dividir su atención entre múltiples frentes de riesgo.

No obstante, la respuesta no pasa únicamente por pedir más dinero (aunque las inversiones están creciendo alrededor de un 9% anual en ciberseguridad​).

La estrategia es la clave: cómo gastar inteligentemente cada peso en seguridad para lograr el máximo efecto defensivo. En ese sentido, Latinoamérica muestra importantes señales de avance. Por ejemplo, más del 94% de las empresas regionales están de acuerdo en que adoptar marcos de gestión de riesgos robustos mejora la resiliencia​.

Sin embargo, casi 1 de cada 3 organizaciones cita las limitaciones de recursos como la principal barrera para implementar esas buenas prácticas​. Este escenario ha obligado a los CISOs locales a priorizar iniciativas de alto impacto y bajo costo, apoyarse en la colaboración mutua y apostar por la innovación para compensar la falta de presupuesto. A continuación, exploramos las estrategias principales – desde alianzas entre empresas hasta automatización con IA – con las que los CISOs latinoamericanos están equilibrando la balanza frente a los hackers de grandes recursos.

Estrategias colaborativas y redes de información compartida

En ciberseguridad empresarial, ‘la unión hace la fuerza’ no es un cliché sino una necesidad. Sabiendo que ninguna organización, por grande que sea, puede enfrentar sola las amenazas actuales​ los CISOs de Latinoamérica han fortalecido en los últimos años sus redes de colaboración. Estas van desde grupos informales de mensajería entre colegas, hasta consorcios sectoriales e iniciativas público-privadas de inteligencia de amenazas. La banca ha sido pionera: entidades como BBVA, Itaú o Mercado Libre participan activamente en foros de intercambio donde comparten en tiempo real indicadores de ataques, métodos de fraude emergentes y lecciones aprendidas. Por ejemplo, en el sector financiero existen redes cerradas tipo ISAC (Information Sharing and Analysis Center) adaptadas al contexto latinoamericano, donde un incidente en un banco dispara alertas preventivas en los demás. También se han consolidado alianzas estratégicas entre empresas y proveedores especializados para crear centros conjuntos de ciberseguridad. Un caso destacado es BBVA, que firmó un acuerdo con Telefónica para montar un nuevo centro de ciberseguridad regional en México como espejo de su centro global en España.

Esa colaboración le aporta al banco acceso a cerca de 200 expertos adicionales y a las últimas tecnologías de monitoreo, difícilmente alcanzables con un equipo interno limitado. ‘Nuestro objetivo es ser un banco más seguro y preparado para responder a cualquier tipo de ataque’, afirmó Sergio Fidalgo, CISO global de BBVA, al inaugurar estos hubs destacando la importancia de sumar capacidades en conjunto.

La confianza entre los CISOs es otro activo intangible que se ha potenciado. Al enfrentarse a enemigos comunes, las empresas han comprendido que compartiendo información no debilitan su posición competitiva, sino que la fortalecen colectivamente. De hecho, la reciente experiencia de ataques masivos de ransomware a organismos públicos en Costa Rica y Colombia en 2022 desencadenó una respuesta solidaria regional, con profesionales de distintas empresas y países asesorando y aprendiendo de esos incidentes​.

Hoy es habitual que los CISOs latinoamericanos participen en comunidades como la Red LATAM CISO de la Alianza DigiAmericas​ o eventos como el LATAM CISO Summit, donde no solo discuten tendencias, sino que establecen canales para alertarse mutuamente ante campañas de malware o vulnerabilidades críticas. Esta inteligencia colectiva reduce la ventaja del atacante, al democratizar el acceso a alertas tempranas que antes solo hubiera descubierto la empresa víctima. En palabras de un veterano CISO regional: ‘La ciberseguridad no es un esfuerzo aislado, es una responsabilidad compartida’​.

Esa filosofía colaborativa se extiende también a la cooperación con fuerzas del orden y entidades gubernamentales. Empresas como Petrobras o Itaú trabajan de la mano con los equipos de respuesta a emergencias informáticas (CERT) de sus países para reportar amenazas y coordinar acciones contra ciberdelincuentes. En resumen, al tejer una red de aliados, los CISOs han logrado multiplicar su capacidad de detección y respuesta sin incrementar sustancialmente el gasto, aprovechando el conocimiento y la experiencia colectiva para contrarrestar a atacantes bien financiados.

Innovación de alto impacto y bajo costo

Cuando el dinero es corto, la creatividad se vuelve el mejor aliado. Muchas compañías latinoamericanas han implementado soluciones ingeniosas y tecnologías accesibles para protegerse sin incurrir en gastos exorbitantes. Por ejemplo, el uso de herramientas abiertas y gratuitas ha crecido: firewalls de código abierto, sistemas IDS/IPS como Snort, y plataformas SIEM basadas en open source están presentes en las arquitecturas de seguridad de organizaciones que no pueden pagar suites comerciales de alto costo. Del mismo modo, prácticas como el despliegue de honeypots (sistemas trampa para distraer a los intrusos) ofrecen una capa adicional de defensa a un costo mínimo, dándole a los equipos de seguridad una alerta temprana de actores maliciosos en la red. Varios CISOs destacan que medidas básicas de higiene cibernética – parcheo frecuente de software, autenticación multifactor para accesos críticos, segmentación de la red – no requieren grandes inversiones pero sí reducen significativamente las vulnerabilidades.

Estas ‘victorias rápidas’ elevan la postura de seguridad sin cargar al presupuesto. Un informe de IT Connect Latam enfatiza que existen numerosas acciones efectivas que ‘no requieren presupuestos exorbitantes’ y aun así logran mejorar dramáticamente la protección de una empresa.

Los casos concretos abundan. El banco Itaú en Chile lanzó en 2023 la campaña ‘Juntos contra robos y fraudes‘ enfocada en educar a sus clientes y empleados sobre estafas digitales comunes – phishing, smishing, sitios falsos – mediante videos y alertas constantes. ¿El resultado? En solo 12 meses lograron reducir en 60% los montos defraudados a sus clientes​, todo mediante concientización, sin adquirir tecnología costosa. Del lado corporativo interno, Mercado Libre desarrolló programas intensivos de capacitación para sus ingenieros, creando ‘campeones de seguridad’ en cada equipo de desarrollo para que el código de sus aplicaciones naciera más seguro sin necesidad de herramientas adicionales.

Otras compañías han implementado programas de recompensas (bug bounties) invitando a hackers éticos a encontrar vulnerabilidades en sus sistemas a cambio de pequeños pagos – una fracción de lo que costaría una consultoría tradicional de pentesting, aprovechando el poder de la comunidad para fortalecer sus plataformas. Incluso industrias más tradicionales, como la manufactura alimenticia representada por Alpina en Colombia, han innovado con bajo costo al integrar la ciberseguridad en sus procesos: Alpina entrenó a su personal de planta en principios básicos de seguridad industrial (seguridad en redes OT), creando un primer cortafuegos humano contra incidentes en fábricas sin invertir en equipos nuevos, solo optimizando los existentes.

La priorización es esencial en este enfoque frugal. Los CISOs exitosos en entornos de escasez financiera saben enfocar recursos en proteger primero lo más crítico (por ejemplo, las bases de datos de clientes, los sistemas core de negocio) y aceptar más riesgo en activos secundarios. Este ejercicio estratégico, guiado por evaluaciones de riesgo, asegura que cada dólar gastado brinde el mayor ‘retorno de seguridad’. Adicionalmente, se observa una tendencia a aprovechar al máximo los servicios ya contratados: muchas empresas están explorando funcionalidades de seguridad ocultas en sus licencias de software existentes (por ejemplo, suites de productividad en la nube como Microsoft 365 incluyen capacidades de protección de datos y dispositivos que a veces no se usan por desconocimiento). Innovar no siempre implica inventar algo nuevo, sino usar ingeniosamente lo que se tiene. Y en eso, el ingenio latinoamericano está haciendo escuela. Como menciona un reporte especializado de IT Connect, la innovación y la colaboración son ahora pilares de la ciberseguridad regional, permitiendo adelantarse a los atacantes con estrategias creativas.

Automatización e inteligencia artificial al servicio del CISO

Una manera eficaz de compensar un equipo pequeño o presupuestos limitados es automatizar tareas y apoyarse en la inteligencia artificial. En 2025, la IA se ha convertido en un arma de doble filo en ciberseguridad: los atacantes la emplean para crear malware más sofisticado o phishing más convincente, pero los defensores también la están usando para multiplicar su capacidad de vigilancia. En América Latina, 43% de las empresas planea integrar IA en sus estrategias de seguridad en estos años, reflejando la adopción acelerada de estas tecnologías. Un claro ejemplo es nuevamente BBVA, cuyo centro de ciberseguridad utiliza herramientas de IA y machine learning para detectar anomalías en tiempo real y anticipar posibles ataques​.

Estas plataformas pueden filtrar millones de eventos de logs y alertas, priorizando solo aquellas realmente críticas para la revisión humana – algo imposible de hacer manualmente con un staff reducido. Claudio Martinelli, director general para Américas de Kaspersky, destaca que ‘automatizar los procesos rutinarios de ciberseguridad debe ser una prioridad para reducir vulnerabilidades y mejorar la capacidad de respuesta ante amenazas’.

La automatización mediante IA permite que los analistas se concentren en lo estratégico, mientras algoritmos inteligentes se encargan de patrullar la red en búsqueda de intrusiones, correlacionar señales débiles de ataque o incluso responder automáticamente ante ciertos incidentes simples. Muchas empresas latinoamericanas ya utilizan soluciones de Endpoint Detection and Response (EDR) y Extended Detection and Response (XDR) potenciadas con AI, que no solo detectan malware sino que aíslan equipos infectados o bloquean tráfico malicioso sin intervención humana.

El beneficio es palpable: un estudio de IBM encontró que las organizaciones de Latam con uso extensivo de seguridad con IA y automatización lograron reducir en 83 días el ciclo de vida de las filtraciones de datos frente a las que no usaban esas tecnologías​. Ganarle tiempo al atacante es crucial; en ese lapso se puede contener un ataque antes de que escale.

La IA también está democratizando capacidades antes exclusivas de los gigantes tecnológicos. Con la proliferación de servicios de seguridad cloud basados en IA (Security as a Service), una empresa mediana de, digamos, Ecuador o Perú, puede suscribirse a una plataforma en la nube que le brinde analítica de amenazas de nivel mundial por una fracción del costo que implicaría desarrollar algo propio. Esta modalidad SECaaS (Seguridad como Servicio) ha crecido como alternativa para empresas latinoamericanas que buscan máxima protección sin invertir en infraestructura local. Asimismo, la IA generativa está empezando a emplearse para asistencia en respuesta a incidentes – por ejemplo, resúmenes automáticos de un ataque o recomendaciones de remediación basadas en bases de conocimiento globales – lo que acelera la toma de decisiones de los CISOs durante crisis.

Por supuesto, la adopción de IA conlleva sus retos: no basta con comprar la herramienta, se requiere personal capacitado para entrenarla, alimentarla con buenos datos y supervisar sus resultados (evitar falsos positivos/negativos). Pero aquí de nuevo la colaboración entra en juego: muchas empresas de la región están haciendo pruebas piloto conjuntas con universidades locales y startups de ciberseguridad, para adaptar algoritmos de IA a amenazas específicas que azotan a sus países. Por ejemplo, en Brasil algunas instituciones trabajan con nuevas empresas de IA para detectar patrones de fraude bancario online propios del mercado brasileño; en México se entrenan modelos en español para identificar campañas de phishing dirigidas. Todo esto suma a que la IA no sea un lujo futurista, sino una herramienta cotidiana en el arsenal de los CISOs latinoamericanos, ayudándoles a cerrar la brecha de recursos con los delincuentes. La consigna es clara: si los hackers tienen IA, los defensores deben tener mejor IA.

Profesionalización del equipo humano: talento y cultura como igualadores

Finalmente, nada equilibra más la balanza que contar con un equipo altamente profesional y consciente de la seguridad. Los hackers podrán tener más dinero, pero las empresas pueden cultivar algo igual de valioso: talento preparado y motivado para defender. En Latinoamérica, la escasez de especialistas en ciberseguridad ha sido un problema (se calcula un déficit regional de decenas de miles de profesionales calificados), pero las organizaciones líderes están tomando cartas en el asunto. Mercado Libre, por ejemplo, lanzó la iniciativa Beta Hub en alianza con instituciones educativas, ofreciendo 7.000 becas para formar a jóvenes de la región en habilidades tecnológicas, incluyendo seguridad digital​.

Esto no solo contribuye a la sociedad, sino que a mediano plazo amplía la cantera de futuros expertos de los que la propia empresa (y el ecosistema) podrá nutrirse. Muchas compañías grandes en la región, como Petrobras o BBVA, también han establecido programas internos de capacitación continua: sus equipos de seguridad reciben entrenamientos periódicos, certificaciones internacionales y participan en ejercicios tipo red team/blue team para afinar sus habilidades ante ataques simulados. Algunas han creado incluso ‘academias’ corporativas de ciberseguridad, reclutando talento joven con base técnica y formándose en casa como analistas SOC o ingenieros de seguridad, asegurándose de que entiendan tanto las herramientas modernas como el contexto de negocio local.

La retención de talento es crítica: un profesional motivado que permanece en la organización acumula conocimiento tácito de sus sistemas y amenazas, volviéndose más eficaz con el tiempo. Por ello, empresas como Itaú y Alpina están invirtiendo en planes de carrera claros para roles de ciberseguridad, de modo que un analista junior vea un camino de crecimiento hasta arquitecto o CISO dentro de la empresa sin tener que migrar a otra para progresar. También hay un énfasis en la concientización amplia de todos los empleados, no solo del equipo de TI. Si cada colaborador – desde Recursos Humanos hasta planta de producción – entiende su rol en la protección de la información (no compartiendo contraseñas, reportando actividades sospechosas, etc.), la empresa suma cientos o miles de ‘sensores humanos’ difíciles de burlar. Crear esta cultura de seguridad cuesta más esfuerzo que dinero: requiere liderazgo, comunicación constante y ejemplos desde la alta gerencia, pero paga dividendos enormes. ‘La ciberseguridad comienza con las personas’, reza un principio frecuente en las charlas de CISOs​, y Latinoamérica lo está abrazando. 

De hecho, un estudio de EY encontró que 62% de las empresas latinoamericanas sufrieron alguna filtración de datos en el último año, y en la mayoría estuvo involucrado el error humano. Esto ha sensibilizado a los directorios sobre la necesidad de profesionalizar a toda la organización en ciberseguridad, no solo al equipo técnico. Cada vez más empresas incluyen módulos de seguridad informática en la inducción de nuevos empleados y evaluaciones anuales de desempeño que consideran buenas prácticas de seguridad en el puesto.

Por último, la profesionalización también implica tener procedimientos claros y ejercitados. Los equipos de seguridad de compañías líderes realizan simulacros de incidentes (por ejemplo, un ransomware ficticio) para medir tiempos de respuesta y coordinar roles – lo que no requiere gran inversión pero sí eleva notablemente la preparación para un ataque real. Contar con un plan de respuesta a incidentes bien aceitado es una forma de ‘ganarle’ a un atacante con mayor presupuesto: aunque logre entrar, encontrará un equipo organizado que sabe cómo aislar sistemas, recuperar backups y comunicarse efectivamente para mitigar el daño, reduciendo el impacto que el criminal esperaba lograr. Así, mediante capacitación, cultura y práctica, los CISOs latinoamericanos están nivelando el terreno de juego: un equipo pequeño pero altamente calificado puede frustrar a un adversario numéricamente superior, tal como un comando élite derrota a un ejército desordenado.

Distribución inteligente del presupuesto de seguridad

Todas estas estrategias se reflejan en cómo gastan efectivamente los CISOs su limitado presupuesto. En la región, la tendencia es equilibrar la inversión entre tecnología, personas y procesos. Un presupuesto típico de ciberseguridad en una empresa latinoamericana se distribuye en rubros como los que muestra el siguiente gráfico:

Aquí vemos que gran parte se dedica a protección de red/perímetro (firewalls, segmentación, VPN, etc.) y a monitoreo e inteligencia (herramientas SIEM, analítica y SOC), seguido por la seguridad de endpoints y aplicaciones (antivirus, EDR, pruebas de penetración en sistemas), junto con la gestión de identidades (controles de acceso, MFA) – todos ámbitos técnicos. Sin embargo, aproximadamente un 20-25% se dirige a elementos no tecnológicos pero vitales: capacitación y concientización del personal, cumplimiento normativo y otros. Este último segmento ha ido creciendo, reflejando la comprensión de que no todo se resuelve comprando cajas o software, sino también invirtiendo en la gente y en cumplir estándares que eviten multas o brechas por descuido. En Latinoamérica, sectores altamente regulados como el financiero o telecomunicaciones ya destinan porciones importantes de su presupuesto de seguridad a cumplir con marcos exigentes (ISO 27001, PCI DSS, leyes de datos personales), lo cual a primera vista no ‘detiene hackers’ pero sí construye una base sólida de gobierno de la seguridad.

Cabe resaltar que esta distribución de gasto varía según el tipo de empresa e industria. Por ejemplo, en Petrobras (petróleo y gas), una tajada significativa se orienta a la seguridad de entornos industriales (OT) y control de acceso físico a plantas, dado el riesgo en infraestructuras críticas. En Mercado Libre, en cambio, una mayor proporción va a seguridad de aplicaciones web y protección de la plataforma de comercio electrónico, su activo principal. Pero en todos los casos, los CISOs latinoamericanos modernos comparten un enfoque: priorizar y justificar cada inversión en términos de reducción de riesgo. A la hora de defender su plan de gastos ante la gerencia, traducen ‘necesidades técnicas’ a lenguaje de negocio, demostrando cómo cierta herramienta o capacitación evitará pérdidas mayores que pueden golpear la continuidad operativa o la confianza de los clientes. Esta mentalidad ejecutiva es parte de la profesionalización del rol del CISO en la región – ya no visto solo como el tecnólogo que pide máquinas, sino como un gestor de riesgos corporativos que optimiza un presupuesto para proteger el valor de la empresa.

Equilibrando la balanza frente al ciberdelito

Aunque los ciberdelincuentes organizados dispongan de un presupuesto mayor y parecieran llevar las de ganar, los CISOs latinoamericanos están demostrando que es posible contrarrestarlos mediante inteligencia colectiva, innovación frugal, automatización y profesionalización. La batalla es ciertamente desigual en dinero, pero no en ingenio ni determinación. Cada iniciativa colaborativa entre empresas, cada nueva herramienta de IA desplegada, cada empleado concienciado y cada talento formado internamente, son multiplicadores de la defensa que reducen la brecha con los atacantes. Los hackers invierten millones en encontrar una sola puerta abierta; los CISOs invierten astutamente miles en cerrar mil puertas y abrir ventanas de visibilidad entre aliados. El resultado es un entorno corporativo más resiliente, donde un aumento modesto pero sostenido de los presupuestos – acompañado de una estrategia clara – puede marcar una gran diferencia.

En América Latina se está gestando así un modelo de ciberseguridad colaborativo y ágil, apropiado para entornos de recursos acotados pero amenazas crecientes. Iniciativas como las descritas permiten que, incluso con presupuestos menores, las empresas logren acercarse a los niveles de protección de sus pares globales y frustrar muchos ataques antes de que causen daño. Desde luego, el panorama evoluciona: la irrupción masiva de la IA generativa, la expansión del cloud y la digitalización acelerada abren nuevos flancos que exigirán continuar adaptándose. Pero esa es precisamente la lección final: estar siempre alertas y en movimiento, como decía el CISO citado al inicio. La ciberseguridad empresarial es un blanco móvil, y en este especial de informes hemos visto diferentes facetas de ese desafío – desde el impacto de la IA en la ofensiva y la defensiva, hasta la importancia de preparar ‘el día después’ de un ataque. En conjunto, la experiencia latinoamericana demuestra que, frente a adversarios con más presupuesto, los CISOs pueden equilibrar la balanza a través de la colaboración, la innovación ingeniosa, la automatización inteligente y el fortalecimiento de su activo más importante: las personas. En la guerra silenciosa contra el ciberdelito, no siempre gana el que más dinero tiene, sino el que mejor sabe adaptarse y resistir en equipo.